En el libro de Levítico capítulo 10-3 leemos como los hijos de Aarón, Nadab y Abiú ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mando. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová. Como hijos y siervos de Dios, fuimos establecidos en este cuerpo con una misión de guardarnos en el Espíritu. Lo que quiero decir es que nosotros fuimos creados del polvo de la tierra, en la carne, pero Dios tuvo que darnos aliento de vida, o sea, que sopló su espíritu en nosotros para darnos vida. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo de Dios y en el momento que descuidamos ese templo que Dios depositó en nosotros entra fuego extraño en ese altar.

Cuando esto sucede ya no vemos las cosas espirituales como deberíamos, al contrario a todo lo que vemos le vamos a encontrar defectos, no vamos a desear escuchar la palabra de Dios, y si nos congregamos, no vamos a desear el escuchar la palabra de Dios. Vamos sin deseos de estar allí y no queremos adorar a Dios. Nos interesa más las cosas carnales y de afuera y sentimos un cansancio espiritual y nuestro altar va a estar apagado.

Todas estas cosas que nos desaniman podríamos decir que espiritualmente está pasando algo extraño en nuestro altar. Nadab y Abiú no siguieron las instrucciones de Dios, y como por consecuencia de esa desobediencia fueron destruidos. Eso es lo que pasa cuando mezclamos o sustituimos las cosas sagradas con las carnales. Podemos ver que a lo largo de la historia de la Iglesia de Jesucristo los hombres han sustituido el Evangelio con la tradición; el culto de corazón y en el Espíritu con ritos y cosas carnales y el fuego del espíritu con el fuego de la pasión religiosa.

Si recordamos la rebelión de Coré en el capítulo 16 del libro de números y la historia de Ananías y Saphira en el libro de los Hechos capítulo5, podríamos ver a Dios como un Dios que reacciona fuerte y severo a lo que para nosotros a simple vista nos parece un “pecado pequeño”. Y nos preguntamos si ¿reaccionó Dios demasiado severo? Creo que no. Porque, cuando vemos estos ejemplos nos damos cuenta que hay completa justificación de la manera en que Dios actuó en estas situaciones.

Recordemos que los hijos de Aarón tomaron cada uno su incensario y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, fuego del que Dios nunca les mandó que pusieran. Dios ya les había dado instrucciones que fueron las que ellos no llevaron a cabo. Estos hombres eran más que bendecidos, Dios los había exaltado en muchos y grandes aspectos de sus vidas y ellos debieron hacer lo mismo con su Dios.

Cómo podrían dos hombres que habían sido tan bendecidos por su Dios cometer un pecado tan horrible que haría al Señor enojarse y quitarles la vida. Lo primero que vemos en esta historia es que entraron sin autorización al lugar santísimo para ofrecer su incienso, lo cual no estaban autorizados a hacer. Esta acción nos deja ver claramente que el pecado de estos dos hermanos al obrar así rechazaron la voluntad de Dios, que específicamente dictaba quienes eran los que podían entrar al lugar santísimo y quienes no. Otro punto clave de esta historia es la falta de reverencia hacia Dios. Nadab y Abiú no habían demostrado ninguna reverencia hacia Dios y claro está que Dios no les dejó pasar esto por alto. otra cosa que vemos fue el fuego extraño ofrecido a Dios, fuego que Dios no les indicó que ofrecieran, ese fue su grave y gran error.

El fuego que ellos ofrecieron eran brasas ardientes no tomadas del altar, sino de otras fuentes. Esta fue una desobediencia total a Dios. Por esto el fuego de Dios los consumió allí mismo en el altar, fuego que fue enviado directamente del cielo, fuego que vino de la misma presencia de Dios.

Nosotros comos hijos y siervos del altísimo deberíamos examinarnos cuidadosamente, porque como los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, también nosotros somos sacerdotes del Señor y como tales tenemos ciertos privilegios y responsabilidades los cuales Dios nos ha otorgado. No importa el rango o la posición que ocupemos en la iglesia o en la congregación, si Dios nos ha dado instrucciones con respecto a nuestro comportamiento en el altar tenemos que respetarlas, no importa cuan alta sea nuestra posición que ocupemos, su altar es sagrado porque sino las consecuencias serán severas, asimismo podemos caer en su altar muertos, con fuego del cielo ya sea por algún pecado o por desobediencia.

¡Dios te bendiga!
Pastor Luis Acevedo

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