Una mujer de Dios es ante todo una hija de Dios. Convertirse en un hijo de Dios se lleva a cabo a través de
una relación salvadora con Jesucristo, esto lo podemos ver en Juan 1:12, “Mas a todos los que le
recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Cuando confiamos
en Jesús para nuestra salvación, nos convertimos en una nueva creación según 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas
nuevas”. Dios nos da su Espíritu Santo que obra en nosotras y nos transforma para ser más como Cristo,
así lo leemos en Juan 14:15-17, “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará
otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no
puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará
en vosotros” y en 1 Juan 4:13 leemos, “En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en
que nos ha dado de su Espíritu” y 2 Corintios 3:18 dice: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara
descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma
imagen, como por el Espíritu del Señor”. Sencillamente, una mujer de Dios es una mujer que ha recibido lasalvación por medio de Jesucristo y que se somete a la obra del Espíritu Santo en ella.

¿Cómo es esto en la práctica?
Como mujer de Dios procuramos conocer a Dios más y más, a través de la lectura de Su Palabra, teniendo
comunión con Él en oración, compartiendo con otros creyentes, y escuchando y practicando la sana
doctrina. Sabemos que “Toda la escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para
corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado
para toda buena obra”, según 2 Timoteo 3:16-17, entonces buscamos saber lo que dice la Palabra de
Dios. Hacemos lo mejor “… para presentarse a Dios aprobada, como obrero que no tiene de qué
avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”, 2 Timoteo 2:15. Escuchamos atentamente la
advertencia de Santiago: “Pero sed hacedores de la Palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a
vosotros mismos”, Santiago 1:22.

Parte de lo que la palabra de Dios dice, es tener una vida de oración diligente. Pablo instruyó a los
filipenses: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda
oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará
vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”, Filipenses 4:6-7. Asimismo leemos en
1Tesalonicenses 5:16-18, lo cual dice: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo,
porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”. Como mujer de Dios, nos
acercamos a Él con un corazón agradecido y echamos nuestras ansiedades en Dios, con la seguridad que
Dios tiene cuidado de nosotras (1 Pedro 5:7). Confiamos en el poder y en el amor de Dios y así traemos
nuestra adoración y ansiedades al trono, así nos dice Hebreos 4:14-16, “Por tanto, teniendo un gran sumo
sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no temenos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

Somos mujeres de Dios que obedecemos los mandamientos de Dios de amar bien a los demás. Nuestro
consejo debe ser edificante y alentador para los demás, no somos calumniosas ni llenas de chismes o malas intenciones, según vemos en Efesios 4:29, “ Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino laque sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” y 1 Pedro 2:1-3 también nos dice:“ Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor”.

Somos mujeres amables, compasivas y perdonamos fácilmente, Efesios 4:32 dice, “Antes sed benignos
unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en

Cristo”. Ayudamos a soportar las cargas de otros creyentes, Gálatas 6:2, “Sobrellevad los unos las cargas
de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”; Romanos 12:15, “Gozaos con los que se gozan; llorad con los
que lloran”. En la medida que tenemos la oportunidad, intentamos hacer el bien a todos, especialmente a
aquellos de la familia de Dios. En Gálatas 6:10, leemos: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos
bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. Ella no es arrogante, sino que vive con un espíritu
de humildad, Romanos 12:10 y 16, “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra,
prefiriéndoos los unos a los otros…Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los
humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”. También puedes leer Filipenses 2:5 al 11. No
somos quejonas, no discutimos inútilmente ni provocamos disensión, sino que por el contrario intentamos

vivir en armonía con los demás, Filipenses 2:14, “Haced todo sin murmuraciones y contiendas”.
Como mujer de Dios, seguimos las enseñanzas del Apóstol Pedro de: “santificad a Dios el Señor en
vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia
ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para
que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo”,1 Pedro 3:15-16. Intentamos “abstenerse de los deseos carnales que batallan ontra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que
murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar
vuestras buenas obras”, 1 Pedro 2:11-12.

Debemos ser mujeres de Dios que con entusiasmo hacemos el trabajo que Dios nos ha dado, Romanos
12:11, “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor”. Si somos
mujeres de más edad, vivimos como un ejemplo para las mujeres jóvenes, Tito 2:3-5, “Las ancianas
asimismo sean reverentes en su porte; no calumniadoras, no esclavas del vino, maestras del bien; que
enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de
su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. Debemos pasar
el tiempo con otros creyentes, animándoles y siendo alentadas por ellos, Hebreos 10:24-25, “Y
considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, omo algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se cerca”.

Debemos ser sumisas, asumiendo la posición de “tú estás antes que yo”, como se supone que deben ser
todos los cristianos, Efesios 5:21, “Someteos unos a otros en el temor de Dios”. Escuchamos atentamente
el mandato de: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana… Porque esta es la voluntad de
Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como libres, pero no como os que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios. Honrad a todos.

Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey”,1 Pedro 2:13-17.
Sabemos que somos mujeres altamente valoradas en Cristo y decidimos imitarlo rindiendo nuestra propia oluntad. Si estamos casadas, permitimos que nuestros esposos dirijan la familia, según leemos en Efesios :21-33 y 1 Pedro 3:1-2. Honramos a nuestros padres, Efesios 6:1-3, “Hijos, obedeced en el Señor a
vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con
promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”, y si tiene hijos, cuida de ellos, Tito
2:3-5; 1 Timoteo 5:14. Administramos bien nuestra casa según los principios divinos, Proverbios 14:1, “La
mujer sabia edifica su casa; Mas la necia con sus manos la derriba”.

Somos mujeres de gran belleza ante los ojos de Dios es su “… atavío interno, el del corazón, en el
incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios”, 1 Pedro
3:4. Definitivamente, la mujer de Dios es un trabajo en progreso, una obra maestra de Dios, salvada por la racia mediante la fe y siendo cada vez más y más como Jesús mientras busca a conocerlo y obedecerlo,
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por
obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras,
las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”, Efesios 2:8-10.

Deseo de todo corazón que todas y cada una de nosotras, podamos llegar a ser una mujer de fe, delante de
nuestro Señor.

¡Dios te bendiga!
Pastora Divian Santiago
Junio, 2019

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